Legaltech. Inteligencia artificial y derecho.

El pasado 30 de enero de 2018 asistí en la sede de ESADE en Madrid, un centro moderno y funcional, en calle Mateo Inurria, a unas sesiones sobre Inteligencia Artificial (IA) aplicada al derecho, y que resumo en estas líneas. El patrocinador era Wolters Kluwer, y asistían, un socio de Uría y Menéndez (director de sistemas de información de la firma); y un socio de ECIX, empresa especializada en ciber derecho.

La cuestión versaba sobre algoritmos predictivos en resolución de conflictos judiciales. En palabras simples: usar la tecnología para la recopilación de datos, y clasificar los parámetros contenidos en las sentencias y resoluciones judiciales (y administrativas en su caso) con objeto de sistematizar, y facilitar un acceso fiel y seguro, a como resuelven los tribunales determinados conflictos. Al cálculo de probabilidades exactas, o más bien fiables, sobre qué porcentaje de éxito tendría nuestra controversia, de ser sometida a un determinado juzgado o tribunal, para ver si ello compensa.

Además, esta tecnología proporcionaría a los despachos de abogados (digamos que de momento a grandes despachos de abogados) una gran facilidad a la hora de analizar, cribar y valorar, cantidades ingentes de documentos, (en due dilligences, por ejemplo), una labor que a día de hoy consume muchas horas de abogados (normalmente jóvenes,) y que por descansar en ojos humanos (pobres sufridos becarios inexpertos) es susceptible de error, subjetividad, y en definitiva, inexactitud. Según URIA sus grandes clientes están cansados de baterías de e mails (herramienta en declive) y quieren dato exacto final y preciso. Los smarts contracts van hacia arriba. (Recomiendo vivamente la lectura de este post de D. Francisco Rosales, notario, que enseña con humor, lo que añade un plus a su alto nivel jurídico. https://www.notariofranciscorosales.com/smart-contract-y-la-maquina-de-pinball/)

En un momento posterior aun no iniciado, esta tecnologia estaría al servicio de los jueces y magistrados para que se apoyasen a la hora de resolver. Y en un hito ulterior, incluso para que les vinculase.

Tal labor, requiere de un trabajo previo, que exige sistematizar la información, de tal manera que se ajuste después, a unos patrones de búsqueda y localización estandarizados. Hay que entender (no profundizar) como entendemos lo que es un matrimonio para entender que es un divorcio. Y buscar soluciones jurídicas aplicables. Y localizables.

Surgen asi conceptos nuevos: Se llama Legaltech a esta clase de técnica. Se llama jurimetría la actividad predictiva por materias y tribunales, e incluso ya por conflictos, que han afectado a sujetos o empresas concretas, buscando pronunciamientos predictivos, homologables, en los que basarnos para buscar la exactitud. Se llama Googlawyer al abogado virtual en el que se dice que Google trabaja, pero …que no arroja resultados cuando se busca en Google

Es claro, que cuanta mayor subjetividad o ambigüedad plantee una frase o un concepto, peor será su procesamiento con estos sistemas. El traductor de Google, si la frase es muy subjetiva, entrega una traducción absurda. Frases coloquiales del tipo chiquillo no me seas de tu pueblo, son traducidas como si el sujeto fuese un apátrida, más que un obcecado.

Bromas aparte, lenguas más concisas como el inglés y un derecho casuístico como el anglosajón, son más idóneas que el florido castellano (no digamos ya en Andalucía), para ser procesadas, incluso en el lenguaje jurídico, a veces basado en expresiones de la costumbre del lugar, muy sui generis. Algoritmos que se ha probado en castellano, han padecido la falta de estándares del idioma (y sus variedades) frente a Ingles. El entorno latino es más difícil de sistematizar, se complica. Se pierde mucho tiempo, enseñando a la máquina muchas variables, para que después localice. El mundo anglosajón invierte decididamente en ello, y si se quiere comprobar puede visitarse el Congreso Internacional de legaltech que se celebra en New York (legaltech-new-york-2019)

Hasta hoy, a trazos gruesos nos servimos de bases de datos jurídicas, que no son IA, sino localización –más o menos tosca- de lo previamente almacenado. Pero se trata de llevar esta praxis hasta los máximos detalles de ahorro de tiempo, precisión y depuración, hasta optar a la discriminación y máxima exactitud, unida a la generación de conocimiento nuevo: eso es IA. De momento, se la espera aún.

La diferencia entre el software (que ya se usa en las bases de datos como Aranzadi, El Derecho y similares) y la inteligencia artificial (lo que viene), es que esta segunda es más depurativa y crea certeza. El experto fiscal pasará de sustituir su intuición basada en experiencia, y unas pocas resoluciones estudiadas, por el dato inmediato, accesible, real, exacto y más fiel, de cientos de Resoluciones de la Dirección General de Tributos, que dará unos porcentajes de mas fiabilidad, basados en análisis precisos…o exhaustivos. Pasar de “yo creo que es asi, porque lo creo o tengo mucha experiencia” a “lo creo porque hay fundamento, en una probabilidad de 60/40 basada en análisis masivos de datos”. Opte usted, según esto.

Pongamos un ejemplo de lo que persigue esta tecnología. Podemos creer –y seria acertado en el mundo analógico- que los andaluces son –por ejemplo- alegres, y los vascos más serios. Pero podemos errar, porque podemos dar según topemos, con andaluces serios y vascos graciosos. Haberlos haylos. Se procuran en cambio datos fiables. Veamos: Tras una encuesta realizada a 500.000 vascos y 500.000 andaluces, en 2018, con estudios universitarios comprobados, de edad entre 40 y 50, diferenciados por sexos y nivel retributivo hay un porcentaje tal, que nos supo contar un chiste improvisado, y un tanto por ciento, que no supo hacerlo. Sin duda, una empresa a la que interesase este dato, optaría por lo segundo para implantarse o no. Las encuestas de opción de voto, no aciertan siempre, pero son seguidas a falta de algo más fiable que ellas.

Obviamente sustituir la percepción humana por la máquina, nos lleva al traductor de Google o a la estadística clásica: si entre dos se comen un pollo, caben al 50%, aunque uno no coma pollo y el otro se lo meriende entero.

Las editoriales como Wolters Kluwer proporcionarán este soporte a quien -bien por poca frecuencia en la necesidad, o poseer pocos medios- no lo construyan propio para uso privado. Las grandes firmas optaran por lo segundo, atesorando asi una gestión del conocimiento, un big data particular, que con el tiempo ira acrecentando su valor para propios, y …tal vez para cederlo a cambio de precio. A día de hoy, ya es una realidad que en WK, la Selección clasificación y cribado de sentencias, de la Base Pública del Consejo General del Poder Judicial (CENDOJ), que realizaban antes muchos empleados básicos, ahora se reduce a un control de calidad –por empleados cualificados- de un lector automático.

Se navega en la dirección de añadir –¿sustituir?- a los despachos de abogados empresas de reducción de los conflictos entre el cliente y el sistema normativo general que le afecta, a estadísticas y probabilidades de éxito. El cliente de Uría –cuentan- empieza a estar harto de los emails de los abogados, exige acceso al proceso de su caso cuando él quiera. Quiere vivir la trazabilidad del proceso, y tener datos just in time, no solo esperar a la solución, mientras los abogados trabajan.

Este entorno, incrementará –seguro- los costes de protección de datos; los programas tendrán que tender a ser inatacables. Se interactuará por voz. Se vivirá un proceso de subidón y de adoración del nuevo panorama, los abogados noveles pagaran un alto precio porque las tareas rutinarias que hacen, se tratarán de sustituir por legaltech mas barato. Después vendrá lo útil del tsunami tras la inundación masiva. Al final serán herramientas de lectura de texto y sistematización. Si no se crea texto preparado para ello no es útil. Y a día de hoy, en palabras de Uría, todavía es un c..ñ..zo, preparar texto ad hoc, con datos para que el sistema te los pueda devolver.

Los tecnólogos se han de formar en derecho, no solo los abogados en tecnología. Y tecnología sofisticada. Los jóvenes manejan bien informática simple (Instagram) pero no tan bien herramientas complejas, como softwares de análisis de riesgos y similares.

Cambiará la forma de redactar, para que la maquina la lea bien.

Googlawyer incidirá en el mercado jurídico y Google entrará como operador, cómo ha entrado ya, en herramientas de contabilidad, servicios de banca etc. Les falta de momento el talento, buscan partners jurídicos para implementar su producto.

Y se automatizará el trabajo rutinario, mecánico, robotizable. El trabajo genuino y creativo –dicen- aún se considera a salvo.

Particularmente creo, que ceder a marchas forzadas y hasta con ansiedad, nuestra mejor arma –la inteligencia con la que la evolución nos ha dotado- a una máquina, que dominan tres poderosos, nos califica, colectivamente (como género humano), de perfectos imbéciles. En ese grado, ni la mejor maquina nos haría más imbéciles.

El progreso que aporte bienestar, de modo progresivo, y deseado, a ritmo cronológico biológicamente asumible por el ser humano, siempre es bueno. Aunque produzca alguna baja o daño colateral inevitable. El desborde de una presa, o un tsunami, solo deja un montón de muertos, devastación y terreno apto para especuladores, que, a precio de saldo, se aprovechan de la ruina, de lo que antes era terreno fértil.

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